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La crisis de los 30 ¡existe!


Parecía una leyenda urbana, pero estoy comprobando que la crisis de los 30, a pesar de no afectar a todo el mundo, es un hecho. Debería llamarse “crisis de alrededor de los 30”, porque suele aparecer entre los 28 y los 32 años aproximadamente, y especialmente en aquellos y aquellas que han pasado gran parte de la década de los 20 con la misma pareja. Una señal muy común - a la par que fastidiosa - de la crisis es la terminación de la relación. Los efectos secundarios están bastante definidos: generalmente la parte agraviada siente que el mundo ha pegado un frenazo sin avisar. A pesar de que quizás por el paso de los años la relación había perdido la chispa de los comienzos, la ruptura supone un shock en el mejor de los casos. Los primeros pensamientos que surgen, suelen ser: “¿Y ahora qué? Me voy a quedar solo. ¿Qué va a ser de mí? Me pilla fuera de juego. No tengo ningún suplente en el banquillo. Esto no estaba previsto.”
Hay quienes compartían vivienda y a causa de la ruptura (y de los alquileres imposibles) se ven obligados a volver a la casa paterna, que supone una losa más a añadir a la crisis. Volver con tus padres normalmente conlleva vivir una especie de segunda adolescencia para la que ni ellos ni nosotros estamos preparados.
La otra cara de la moneda es la de quien rompe esa relación. Generalmente da el paso por varias razones conectadas entre sí: siente que esa situación no aporta nada a su vida, el gran tres está ahí, tiene que haber vida más allá de lo conocido, y se acaba el tiempo para averiguarlo. Pero cuando las semanas y los meses no traen visos de una nueva relación, o de novedades que merezcan la pena, empieza a cundir el pánico. Lejos de sentirse aliviado, el rompedor se encuentra en una especie de limbo existencial. Echa de menos lo que tenía, teme lo que vendrá (o lo que no vendrá) y pasa a formar parte de esa gran minoría de solteros al filo de la treintena con comportamientos un tanto extremistas. Unos pasan temporadas socializando a tope como hicieron en la adolescencia, “recuperando el tiempo perdido durante los años que duró la relación”, sin obtener resultados especialmente beneficiosos, porque a fin de cuentas, las cosas y la gente evolucionan, y ya nada es como antes. Otros, los más derrotistas, acaban por renegar del mundo y de la vida social y se encierran en sí mismos, secretamente esperando ser rescatados.

Pero no sólo de relaciones vive el hombre; existen otras maneras de exteriorizar una crisis existencial a esta no tan tierna edad. Hay quien se levanta un día cualquiera dándose cuenta de que su pertenencia al club de los veinteañeros toca a su fin y decide quemar cartuchos como si no hubiese mañana. (La que suscribe se dedicó, entre otras cosas, a trasnochar como no lo había hecho en años, empeñada en terminar con las existencias de ron de la ciudad, e involucrándome en historias siendo consciente de que no llegarían a nada. También me dió por adoptar un perro y sacar el carnet de moto).
Desde luego, la mejor manera de afrontar esta crisis de los 30 es... superarla junto a alguien que esté pasando por lo mismo, claro. Ya se sabe lo que dicen de las penas compartidas.

Sin embargo, todo en la vida tiene fecha de caducidad y las crisis no iban a ser una excepción, por lo que es inevitable que tarde o temprano las aguas vuelvan a su cauce y consigamos navegar durante la siguiente década mejor o peor, hasta llegar al siguiente punto conflictivo: el gran cuatro.

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