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La Primera Comunión (is over)


Por fin... la dichosa Primera Comunión ha pasado. No ha sido tan pesada como me temía, pero tampoco me ha entusiasmado la jornada. Creo que ha influido el gran chaparrón que ha caído durante toda la mañana y gran parte de la tarde. De haber hecho sol, seguro que que la gente hubiese alargado la celebración hasta las mil. Pero es una lata ir de un sitio a otro (coche-iglesia-coche-restaurante-coche) con ropa elegante bajo una lluvia torrencial, y sin poder salir al jardín del restaurante. Además, algunos invitados estaban preocupados por que se les inundase el sótano de sus casas, así que hemos levado anclas relativamente pronto.

No recuerdo cuándo fue la última vez que pisé una iglesia. Posiblemente para asistir a una boda. Y a pesar de los años, he comprobado que tengo la misma facilidad de siempre para abstraerme, sobre todo en la parte del sermón. Durante casi todo el servicio estuve pensando en cómo fue mi Primera Comunión, que hice a los 11 añazos (por esperar a mi hermano) y en la que parecía la madre de todos los críos allí presentes. Además iban todas de blanco con perifollos, y mi vestido rozaba el color canela y como único adorno llevaba una diadema que me tenía frita de lo que me apretaba. Por si parecer casi una novia (por la edad, digo) era poco para llamar la atención, tuve la mala suerte de sentarme sobre el cancán de mi vestido al empezar la misa, y los chavalines de los bancos de enfrente me vieron las bragas en todo su esplendor. Pobres... recién confesados del día anterior! Ahí más de uno fue a comulgar con el alma impura, jejeje! También fue una suerte que de aquella todavía no se llevase lo de grabar las comuniones en vídeo. Una semana antes lucía yo una estupenda melena encaracolada que mi mamá me había permitido dejar crecer para la ocasión (en circunstancias normales llevaba el pelo como un chico, en contra de mi voluntad, y todo porque mi madre se negaba a pelear con mis rizos rebeldes). Pues no recuerdo cómo ni por qué, pero unos días antes del evento me empeñé en llevar el pelo corto para horror y estupefacción de mi madre, y ahora han quedado para la posteridad unas fotos de Primera Comunión en las que parezco Maradona. Con y sin diadema. Mis padres, que rara vez me permitían caprichos, inexplicablemente dejaron que me saliese con la mía y me cortase el pelo al 3. No lo compendo. Dicen que me empeñé en ir al peluquero y que estuve dando una vara increíble hasta que lo conseguí. (Qué guasa, también estuve dando la vara durante años para que me comprasen una moto y que si quieres arroz Catalina...!) Ay, si en vez de hacerme caso me hubiesen soltado un par de sopapos como otras veces, ahora podría enseñar mis fotos sin pasar apuros. Pues menos mal que no me empeñé en ir vestida de mariscal de campo, como los niños (aunque me hubiese ahorrado el bochorno de enseñar las vergüenzas) ¡Pero si los padres de los 80 no eran tan permisivos como los de ahora! No sé yo, las explicaciones que me dan no terminan de convencerme; este es uno de los misterios de mi existencia. Nada que envidiar a los de la Santísima Trinidad.

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2 mensajitos al respecto:

la eterna buscadora dijo...

No puedo dejar de reirme imaginando LA SITUACIÓN de pampanitos verdes enseñando las braguitas...
A ti la diadema se te clavaba, que suerte. La mía se me caía cada dos por tres... Me llenaron el pelo de horquillas y poco mas y me tatuan la diadema en el cráneo... Y qué casualidad. Mi comunión fue un 20 de Mayo...
Besos felices

Pampanitos Verdes dijo...

Lo que sí agradecí es que mi vestido no pareciese una tarta de 3 pisos estilo Rococó, como los de otras. Eso sí, nada más terminar la misa, me empeñé en ir a cambiarme, porque pasaba de ir al restarurante disfrazada. Así, gracias a Dios me perdí una actuación de la tuna en el restaurante justo antes de comer, en la que sacaron los colores a mi hermano. Menos mal; no estaba yo pa clavelitos...