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Conflicto

Ha sido hace algunos días que, pillándome completamente desprevenida, he empezado a sentir por primera vez hacia los bebés lo que desde siempre he sentido por los perros: una mezcla de empatía y de instinto de protección. Algo completamente nuevo para mí, ya que en general los niños me gustan por un período no superior al de un cuarto de hora. 
Empezaba a tener la esperanza de que eso cambiaría, de que ya no tendría que sentirme tan culpable cada vez que admito en voz alta mi absoluta preferencia por los perros. Y, más importante aún, se despejaban mis dudas acerca de mi actitud hacia mi propio futuro bebé, ya que ronda en mi cabeza la posibilidad (y el temor) de que mi instinto maternal no se manifieste nunca.
Pues bien, ha hecho falta pasar una tarde a cargo de un niño de 6 años y su hermanita, una bebé de un año, para que mis miedos vuelvan a la carga. El niño, que padece autismo con un retraso mental moderado, no ha recibido una disciplina mínima por parte de sus padres, que viven prácticamente desentendidos de él, y jamás han movido un dedo por intentar mejorar su condición o averiguar más sobre ella. Así, se está volviendo agresivo hacia los demás (incluyendo su hermana), y además destroza todo lo que tiene a su alcance. 
No soy la persona más indicada para cuidar de estos niños, pero las circunstancias me obligaron a ello. Y llegó un momento en el que me faltó muy poco para elegir entre salir corriendo por la puerta, darle un buen par de azotes al niño o echarme a llorar directamente.
Si en tres o cuatro horas no sólo no he sido capaz de manejar la situación sin estresarme, sino que han bastado para declararme de nuevo "anti-niños", ¿qué clase de madre voy a ser cuando llegue mi turno?

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